Investigación

Monólogo de una mujer quebrada luego de la partida

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No sé por dónde empezar. ¿Su muerte? ¿El dolor? ¿Mi dolor? ¿La ausencia? ¿La culpa? ¿El miedo? ¿La rabia? Voy a empezar por el miedo. Miedo por ser madre primeriza y no saber cómo enfrentarme al primer parto. Miedo por pertenecer al Sisbén y saber que la atención no será la mejor. Miedo porque llevaba un mes, el último de mi embarazo, sin controles prenatales solo por cambiar de ciudad… Miedo de parir, en las que, para mí, no eran las mejores condiciones.

Debo confesar que su llegada fue inesperada. En ese momento, a mis 28 años, no quería ser mamá. Las condiciones económicas no eran las mejores. No tenía un trabajo estable. Eso me aterraba. Sin embargo, el tiempo y ver cómo ella crecía en mi estómago me ilusionó y acepté su llegada. Los meses pasaban y todo salía bien. Subí mucho de peso y eso hizo que mi embarazo fuera de alto riesgo. Me cuidé para no tener complicaciones. Así pasaron ocho meses. 

Desde que me enteré que ella llegaría, ya vivía en Funza —municipio de Cundinamarca a unos cuarenta minutos de Bogotá—  y con la excusa del cambio de residencia me enredaron la atención médica. En el último mes, en Funza me negaron los controles prenatales, en ese momento la empresa prestadora era Ecoopsos. Me dijeron que si quería que me atendieran, tenía que ir a Bogotá y eso para mí era muy difícil. Yo trabajaba por prestación de servicios y cada vez que pedía permiso, me descontaban un día de mi sueldo. Era imposible trasladarme. A pesar de eso, logré que una semana antes de su nacimiento me hicieran una ecografía en el Hospital de Madrid. Ella, Alison, mi hija, se veía bien. Ya faltaba muy poco para conocerla. 

El 20 de diciembre de 2015 empezaron los dolores. No sabía qué hacer, era mi primera hija, estaba lejos de mi familia. En Funza solo vivía con Óscar mi pareja de ese entonces, el papá de mi hija. Tenía miedo, no sabía qué hacer, nadie me había explicado cuáles eran las pautas para ese momento. A las diez de la mañana me fui para el Hospital de Madrid con Óscar. 

«Ese dolor que se siente es algo que el personal de salud no entiende y que, por el contrario, castiga».

Allí comenzó el maltrato. Me atendieron dos enfermeras que eran indiferentes a lo que les decía. Eran muy groseras y despectivas a la hora de hablar y de tratarme. Manifesté que tenía dolores bajitos. Me hicieron un tacto vaginal horrible, las enfermeras son muy bruscas y no preguntan nada, de una vez van metiendo la mano. Una de ellas me dijo que estaba dilatada, pero que no pasaba nada porque era mi primer parto. También agregó: “usted es primeriza, usted no sabe. Tiene que esperar hasta la fecha (que supuestamente sería el 24 de diciembre) e incluso puede que le toque esperar quince días más”. Lo único que me dieron para el dolor fue una buscapina. Al rato me sacaron del hospital. 

No quedamos tranquilos con lo que me dijeron. Por eso, decidimos ir a Facatativá, otro municipio de Cundinamarca a cincuenta minutos de Bogotá. Sin embargo, la situación no fue muy diferente. De nuevo empezaron los tactos horribles, que me hacían sentir prácticamente violada y la respuesta en este hospital fue la misma que en el de Madrid: “Usted es mamá primeriza. Entonces, más bien devuélvase para su casa, tómese una buscapina y si no se aguanta el dolor, se viene”. Para ellos es fácil decirlo, omiten lo difícil que puede llegar a ser el traslado, pues de Funza a Facatativá son más o menos cuarenta minutos. 

Ya eran más de las nueve de la noche. Llovía. Yo intentaba comer, pero el dolor no me dejaba. En casa intenté dormir, solo lo logré de diez a doce de la noche. A esa hora el dolor me despertó. Ya estaba desesperada. Lo único que me aliviaba era caminar por toda la casa. En esa época no conocía ninguna de estas plataformas de transporte como Uber y eso complicó el traslado. Un taxi que me llevara de nuevo a Facatativá me costaba noventa mil pesos. Por eso, me aguanté hasta las cuatro de la mañana, hora en que un amigo de Óscar nos podía acercar al hospital. 

“Usted es primeriza, usted no sabe. Tiene que esperar hasta la fecha (que supuestamente sería el 24 de diciembre) e incluso puede que le toque esperar quince días más”.

Enfermera del Hospital de Madrid.

La una… las dos… las tres… las cuatro. Ya era el momento de regresar al Hospital de San Rafael en Facatativá, el lugar en el que la perdí, el lugar del que ella no salió con vida… Diría que fue el lugar que me la arrebató. El lugar en el que además viví las horas más largas y en donde empezó mi vida sin ella. 

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Cuando llegué al San Rafael, y luego de sangrar un poco, esperar y que por fin me hicieran la orden de ingreso, me pasaron a una sala de espera muy pequeña. Allí había cinco mujeres más. El espacio era muy reducido y todas estábamos muy incómodas. Con el paso del tiempo los dolores aumentaban. Pienso que ese dolor que se siente es algo que el personal de salud no entiende y que, por el contrario, castiga. Yo recuerdo que en ese momento las mujeres que menos se quejaban fueron las que primero salieron. Por ejemplo, había una mujer que se retorcía, casi que se desbarataba del dolor, pero ella optó por quedarse callada y aguantar. Ella fue una de las primeras en salir. 

Cuando recuerdo el momento del parto las memorias son vagas. El miedo, el dolor, el desconocimiento y la forma en cómo me trataban —que para mí era maltrato— se juntaron y por eso cuando trato de reconstruir lo que pasó algo se queda corto. 

Pero empezó más o menos así:

Sobre las ocho de la mañana me aplicaron una inyección, no me quedó claro de qué porque no me explicaron y en el consentimiento informado tampoco me lo explicaron, su interés está en que se firme un papel y ya. A las diez de la mañana me rompieron la fuente, sentí que fue como con un ganchito. En ese momento, una de las personas que estaba ahí —no puedo recordar su rol— le dijo al especialista que estaba atendiendo mi parto, que casi no había salido líquido amniótico y que le olía raro. La respuesta del médico fue: “Eso póngalo en la historia como por descarte, pero yo siento que todo está normal”. Luego, hicieron un monitoreo. Pero nadie me explicaba nada de lo que pasaba y yo tampoco les entendía. Yo ya sentía muchas ganas de pujar y se lo manifesté a una enfermera. Ella me dijo que no se me ocurriera hacerlo. No pujé. 

Yo ya sentía que me iba a desmayar. Veía las luces de ese lugar cada vez más grandes y de las seis mujeres que estábamos inicialmente, solo quedábamos dos. Me sacaron a un pasillo y me hicieron pujar ahí, no me entraron a la sala de partos. Cuando seguí la instrucción recuerdo que él me dijo “mamá, puje otra vez”. La cara de él se transformó, se notaba la preocupación. De una vez me entró a la sala de partos y lo que siguió no lo entendí. Solo escuchaba los códigos que ellos manejan. 

Ilustración: Megumi Cardona.

Luego, a la sala ingresó otro especialista, creo que era un pediatra. En ese momento me pusieron unas cucharas [fórceps] para sacar a Alison porque ella no salía. Cuando me metieron eso yo grité muchísimo, nunca he podido comparar ese dolor, ni siquiera se asemeja con el dolor del parto, pues tiempo después pude experimentarlo con el nacimiento de mi otro hijo. También me espicharon la barriga [maniobra de Kristeller] para que saliera más rápido. Cuando ella nació, a la 1:23 p.m., me la pusieron en el estómago, ella no se movía, me la quitaron rápido y me dijeron que no la mirara. En ese momento no la pude ver más. 

Cuando me estaban sacando la placenta uno de los médicos dijo “bueno, acabamos. Ahora por fin vamos a almorzar”. Me dejaron en el pasillo  por mucho tiempo y nadie me daba razón de Alison. Al rato supe que ella había aspirado meconio (la primera deposición del recién nacido) durante el trabajo de parto y esto le afectó sus pulmones. Cuando por fin pude ver a mi hija, calculo que eso fue después de tres horas, la verdad yo sabía que ella se iba a morir, yo lo sentí… Nosotros no podíamos tocarla, solo la veíamos en la incubadora conectada a varias máquinas que la tenían viva. Nunca la desconectamos, tampoco nos lo sugirieron. Nos decían que ella tenía hipertensión pulmonar debido a que se había contaminado con el meconio y que tenía un problema en los riñones. Había más posibilidad de que ella falleciera a que viviera. El primer día se le reventó un pulmón, a los dos días se le reventó el otro. 

«La cara de él se transformó, se notaba la preocupación. De una vez me entró a la sala de partos y lo que siguió no lo entendí. Solo escuchaba los códigos que ellos manejan». 

Casi una semana después del nacimiento de Alison me dieron de alta, pero yo pasaba todo el día allá para mirarla así fuera desde lejos, así no la pudiera sentir cerca de mí, así no la pudiera tocar. En las noches me quedaba en donde una familiar que vivía en Facatativá. Pero un día me sentía cansada y decidí ir a mi casa a tratar de dormir. Del cansancio que teníamos no escuchamos el teléfono. Por eso, el hospital llamó a la abuela paterna y ella llegó a nuestra casa. A la una de la mañana del 2 de enero de 2016 supe que Alison había muerto.  

***

Así es como recuerdo ese momento. Sin embargo, luego entendí que había una serie de pormenores, para nada menores, que no me explicaron, que omitieron completamente. En mi afán por entender qué había pasado en esas seis horas, dos años después pedí la documentación y me asesoré para comprender lo que nuestras historias clínicas relataban

Una de las primeras cosas que me llamó la atención, y que además desconocía, es que yo tenía una infección intrauterina. En la historia lo describen como un hallazgo de cavidad vaginal hipertérmica (muy caliente) y por eso me pusieron antibiótico**. Respecto a la aspiración del meconio me di cuenta que desde el momento en que me habían hecho la Amniotomíaruptura artificial de las membranas fetales con el fin de influir en la velocidad del trabajo de parto— hubieran podido alertar sobre esto, porque salió líquido amniótico con un olor muy fuerte y un color verdoso, que ellos registran como meconio grado III, el más alto en esa escala. Me dieron antibióticos para eso, pero, una vez más, no me explicaron el riesgo que esto podría tener en la salud de mi hija. 

Sobre el mediodía me hicieron un tacto y ya estaba completa la dilatación. Es decir, que ya me encontraba en fase de expulsivo, momento en que el cuello está completamente dilatado y el recién nacido está a punto de salir, las ganas de pujar se vuelven más fuertes. En ese momento me hicieron la episiotomía, una “incisión en la pared vaginal y el perineo (el área entre los muslos, que se extiende desde el orificio vaginal hasta el ano) para agrandar la abertura vaginal y facilitar el parto”, según lo explica el sitio web de Stanford Children’s Health. Luego, me hicieron la instrumentación, es decir que me pusieron los fórceps para sujetar la cabeza de Alison y facilitar la expulsión. Sin embargo, la razón por la que afirman que usan este instrumento no me quedó clara, pues hablan de un expulsivo prolongado, pero este no duró más de dos horas y, según la Guía de manejo de trabajo de parto, parto y sus complicaciones de la Secretaría de Salud de Bogotá, “se considera parto prolongado cuando los dolores de trabajo de parto llevan doce horas o más, sin que se produzca el parto”. 

Ilustración: Megumi Cardona

Como mencioné antes, me hicieron la maniobra de Kristeller (que ya no está recomendada por la Organización Mundial de la Salud), pero esta no quedó registrada en la historia clínica, simplemente decidieron omitirla y esa escena en que me espichaban la barriga, ese dolor jamás se me va a olvidar sentí que me sacaban el alma. A todo lo anterior se suma una nota que no es clara y por eso mismo se presta para muchas interpretaciones. En la historia de Alison y en la mía quedó registrado que ella nació de cara y en ese orden de ideas ella debió haber nacido por cesárea y no por parto natural, según me explicaron ginecólogos con quienes me asesoré. Todo esto me alentó a iniciar un proceso en contra del hospital, proceso que no culmina y que, como muchos más en este país, está dilatado. 

***

La vida después de la muerte de Alison ha sido de lo más difícil que he vivido. Sus cenizas estuvieron cerca de mí por un buen tiempo. Ver sus cosas en la habitación que tenía preparada para ella me quebraba. Casi no comía y a pesar de ser muy vanidosa, no me gustaba arreglarme. No permitía que Óscar se me acercara y en algunas ocasiones, cuando discutíamos, nos echábamos la culpa entre nosotros… en el fondo sabíamos que no teníamos nada que ver en eso. Después de la muerte de Alison nada volvió a ser igual. 

Yo intentaba ser más fuerte, pero no lo lograba, nada dentro de mí le ganaba a mi dolor. Un día después de una discusión con Óscar me desesperé. De nuevo llegó la culpa, tan insoportable como siempre. Vi sus cenizas y no aguanté. Escribí algunas cartas y tomé un poco de Clorox, lo alcancé a probar, pero mi cuerpo no alcanzó a reaccionar a eso. Mi intención era suicidarme. Me sentía como en un sueño, para mí no era real lo que estaba pasando. En ese momento me llamó una amiga y le conté, entre lágrimas, lo que estaba a punto de hacer. Me atrevo a decir que gracias a ella sigo aquí. Gracias a esa llamada puedo contar qué pasó con mi hija, puedo recordarla y también puedo extrañarla… pensarla. 

«De los impactos de la violencia obstétrica se habla poco. Por el contrario, como la violencia misma, se invisibiliza y normaliza».

También empecé a tomar licor cada ocho días sin falta y Óscar me decía que le bajara al trago y yo solo pensaba “¿qué más hago? Ella no está”. Tomaba descontrolada. Incluso, recuerdo que un día no fui a trabajar por estar ebria. Eso ahorita no cabe en mi cabeza, nunca lo había hecho y tampoco lo repetiría. En ese momento no tenía ganas de vivir. Me repetía una y otra vez: “No fui capaz, no pude, me quedó grande. No pude tener a mi hija y dejé que se muriera”

A los meses de la muerte de Alison las cosas con mi pareja no volvieron a funcionar. Nos separamos y al poco tiempo de esto quedé embarazada de mi hijo, quien ahora tiene cuatro años, pero esa es otra historia. La historia que me tiene en pie y me hace sentir amada. Ahora tengo a alguien. 

Sin embargo, cuando voy por la calle y veo niñas que más o menos tendrían la edad de Alison me duele mucho, me recuerdan la ilusión que tenía de conocerla, de compartir mi vida junto a ella. No puedo mentir, las cosas han cambiado desde que llegó mi hijo, pero ver una media, un muñeco, ropa de niña pequeña, me mueve todo por dentro. Cuando llega el 2 de enero es fatal, no lo puedo sobrellevar. Sí, me queda grande. 

¿Que si busqué ayuda psicológica? Claro que la busqué, pero no me sentí cómoda. Las citas con la especialista eran en Usaquén, en Bogotá, y para llegar me demoraba más o menos dos horas. Solo fui una vez, no me sentí cómoda, me molestaba que me dijeran lo obvio: que entendían mi dolor. Admito que lo que me ayudó fue salir de la casa, conseguir trabajo y alejarme de las cenizas de Alison, que luego lanzamos al río Subachoque. Pero sobre todo me ayudó el hecho de entender que no era mi culpa y en eso, insisto, conocer a fondo la historia clínica de las dos me sirvió. 

«Cuando voy por la calle y veo niñas que más o menos tendrían la edad de Alison me duele mucho, me recuerdan la ilusión que tenía de conocerla, de compartir mi vida junto a ella».

De los impactos de la violencia obstétrica se habla poco. Por el contrario, como la violencia misma, se invisibiliza y normaliza. Ese dolor, esa rabia y esa impotencia casi que se convierten en un grito mudo, un grito que nadie escucha, que desborda, que se ignora, que nos arrebata la vida, nos llena de miedo y como la vida misma, siempre está presente. Alzar mi voz, contar mi historia no ha sido fácil, pero hoy lo hago creyendo en la fuerza, en lo fuerte que ha sido mi dolor, en lo fuerte que pueden ser las voces de todas quienes hemos sufrido algún tipo de violencia durante nuestros embarazos y partos. 

Yo alzo mi voz para que esto no se repita. 

*Esta es la historia de Sandra Acero, mujer bogotana víctima de violencia obstétrica.

**Información tomada, con autorización, de la historia clínica de Sandra y de su hija. 

Sobre Poder Parir
Especial multimedia que, por medio de nueve historias, refleja cómo se da la violencia obstétrica en Colombia, así como las alternativas que han surgido como forma de contrarrestar este tipo de violencia. Si te interesa contar tu historia y/o aportar a este proyecto escribe a ljuliana.mateus@gmail.com.